Reseña: La tercera mujer, Lipovetsky

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El fenómeno postmoderno, la nueva concepción del tiempo y de la vida que sugiere la participación y acción activa de todos los miembros de la sociedad para mantenerla, se convierte en el escenario propicio para que la mujer estructure inconscientemente su identidad, esa revelación que nace paralelamente al desarrollo, al avance y al cambio sufrido por las sociedades es en gran medida el fundamento de dicha estructuración.

Nuevos roles enfrentados por la mujer, le permiten esa búsqueda de su identidad que viene en cierta medida impuesta por el nuevo ritmo de vida que conllevan los tiempos modernos, aparecen entonces partes fundamentales que forman la construcción de esta identidad, por una parte están las reglas, la forma de vida que subyace a las necesidades actuales, y los trabajos desempeñados por ella ,y por otra parte la identidad que viene dada por la naturaleza como distinción primada para la preservación de la especie, entre estas dos partes encontradas, se generan puntos neurálgicos pero no polarizados para que la mujer tenga un reconocimiento de sí misma, se auto determine.

Esta autodeterminación no viene dada por ella exclusivamente sino también por los otros, por el mundo en el cual está, la mujer reconoce en el otro parte fundamental de su vida y por ello se siente parte fundamental para el desarrollo de la sociedad, en tanto que esta autodeterminación nos da un marco pertinente a partir del cual la mujer crea su identidad, nos adentramos también a contemplar los perfiles posibles que se complementan para poder definir a la mujer pos moderna o a la tercera mujer, denominada así por Lipovetsky.

En el texto “La tercera mujer” de Lipovetsky aparece un análisis previo a la feminidad, a la construcción de la identidad de la mujer en la sociedad moderna, y lo que este tiempo específico supone para esta estructuración

“En la actualidad, un nuevo modelo rige el lugar y el destino social de la mujer. Nuevo modelo que se caracteriza por su automatización en relación con la influencia que tradicionalmente han ejercido los hombres sobre las definiciones y significaciones imaginario-sociales de la mujer.”(Lipovetsky, Gilles. La tercera mujer,1999,218).

Fenómenos tales como la competencia de capacidades, la exposición de criterios, la vinculación a la construcción de pensamiento, el nuevo rol social que sugiere desde el trabajo la integración del individuo a la sociedad para su mejoramiento y avance, son los marcos en los cuales se empieza a constituir y a fundamentar la mujer su propia denominación, además de estos fenómenos mencionados están presentes otros como la imagen y la forma de presentarse ante el mundo, el reconocimiento de la corporeidad como forma indiscutible de estar en el mundo y de pertenecer a el, además las transformaciones que esta corporeidad sugiere voluntaria o involuntariamente que le permiten adecuarse a su entorno, bien sea como forma de protección o como forma de aceptación, si bien se podría hablar de la protección como en el caso tratado en la película “La Teta asustada” dirigida por Claudia Llosa en la cual la joven Fausta por miedo y temores que provenían de su madre decidió introducirse un tubérculo en su vagina y de esta manera impedir que cualquier hombre la tuviese, en este caso muy puntual se puede observar como el reconocimiento de la corporeidad empieza a crear una clase de identificación y de determinación para la mujer, quien empieza a observar que ya su cuerpo es una forma de objeto sexual y objeto de consumo, por lo tanto aparece en este momento la toma de decisiones dadas en plena autonomía, ya es la mujer quien elige sobre su cuerpo y por ende sobre sí misma, con esta autonomía viene dada en cierta medida la emancipación de la mujer respecto al tema sexual.

Pero la tercera mujer no solo constituye un modelo preestablecido y totalmente determinado ya que precisamente se encuentra en etapa de construcción de estructuración,

“Sea cual fuere la reactualización de las divisiones sexuales, forzoso es constatar que los dos géneros se encuentran en la actualidad en una situación ‹estructuralmente› similar en lo que concierne a la construcción del yo, al momento en que los posibles han reemplazado a las imposiciones colectivas.” .”(Lipovetsky, Gilles. La tercera mujer,1999,220),

Aparecen entonces ciertos perfiles que podrían definir a la tercera mujer, aunque aparecen dispersos o independientes unos de otros, comparten ciertos tonos que los hacen percibir como una unidad ya que están enmarcados dentro del mismo tiempo. Alberto Esquivel con su novela “El Encierro”, nos da unos elementos totalmente válidos para poder a partir de la multiplicidad de historias concretar ciertos perfiles que pueden ser aplicados a esa construcción de la identidad de la mujer postmoderna.

En tanto que la liberación sexual aparece como una de las grandes decisiones y determinaciones de la mujer, se puede notar en el primera historia de la novela denominada por el autor como “amor para un poeta y un televisor” una joven cuya sexualidad está dada no por las determinaciones y decisiones de otros sino por ella misma, aquí se experimenta el reconocimiento del cuerpo por medio de la masturbación y de la autosatisfacción entendido entonces como la primera forma de construcción de la identidad ya que es la mujer quien decide qué hacer o que no hacer con su cuerpo, la formación de la autonomía y la constitución de los derechos sexuales se hace evidente en el primer perfil, “Me propuso que nos masturbáramos al tiempo y rechacé su compañerismo improvisado. Parecía muy fácil que él colaborara conmigo y yo con él, obedecía a esas leyes de la sociedad que se derrumban por la hipocresía.”(Alberto Esquivel,El encierro,2008,15) Sucede que no simplemente está la mujer guiada por sus impulsos sino que también es guiada por la razón de acuerdo al conocimiento de las experiencias que quiere vivir para la formación de su yo.

En cuanto al campo profesional y laboral, la mujer se enfrenta a una multiplicidad de opciones que puede tener en cuenta para la realización de sí misma, todo en ella es una construcción y un nuevo reto enfrentado respecto a la sociedad en la cual se encuentra, ya que las circunstancias y momentos por los que atraviesa su entorno afectan de manera trascendental dicha decisión, un segundo perfil que se podría definir con la novela de Alberto Esquivel es precisamente la construcción de la identidad a partir del campo profesional y de la labor que desempeña la mujer en la sociedad.

En el cuarto capítulo hallamos a una joven enfermera quien lucha desde su facultad para exigir el cumplimiento de sus derechos y el mejoramiento de las condiciones en las cuales se encuentran estudiando, este espíritu de inconformismo trasciende hasta el campo laboral “Con esa gota se llenó mi taza y estallé, le dije que no había asistido cinco años a una universidad para terminar con unos pocillos y una cucharita haciendo venias, le puse de presente que mi rural no dependía del cacique político y que no aspiraba trabajar allí. Mis objetivos profesionales están lejos de la minuciosidad con la cual la vida y la muerte transcurren en el Cafetal”(Alberto Esquivel, La tercera mujer,2008,48) Y es precisamente los diversos horizontes que están abiertos a la mujer en la modernidad que ya empieza a vislumbrar otra clase de dimensiones y de aspiraciones para su construcción

“Todo, en la existencia femenina, es ahora objeto de elección, de interrogación y de arbitraje. Hoy , cuando prácticamente ninguna actividad se halla ya vetada a las mujeres, nada establece de modo imperativo su lugar en el orden social; ahora las vemos, con la misma legitimidad que los hombres, entregadas al imperativo moderno de definir e inventar, retazo a retazo, su propia vida.” (Lipovetsky, Latercera mujer ,1999,219).

En ese mismo campo laboral que sugiere especial atención, encontramos el desempeño de las mujeres en los campos que eran exclusivamente potestad de los hombres a lo largo de la historia, como por ejemplo ser juez, ya que no solo es el cumplimiento de dicha profesión sino que esto conlleva a pensar la sociedad e incursionar en el campo de la política, por medio del cual la mujer empieza a crear también una identidad social que ya trasciende su simple espíritu de lucha individual y se penetra en los campos de la transformación de su entorno; no podemos desconocer que aún la dominación política en muchos países está en manos de los hombres, pero lo que sucedió con el fenómeno de la época postmoderna fue la apertura de espacios políticos netamente herméticos para que las mujeres tuviesen una participación activa respecto a la toma de decisiones que afectaran a toda una sociedad, esta apertura significo no la igualdad de condiciones pero si por lo menos que la brecha fuera más reducida en cuanto a las diferencias que se estaban presentando.

Otra de las dimensiones e identificaciones de la mujer postmoderna es el ser madre, esta característica biológica de la cual está dotada significa una de las partes fundamentales en la construcción de su identidad, ya que esa responsabilidad natural de preservar la especie ocasiona una toma de decisión respecto a esto bastante crucial en la vida de la mujer, pero el reconocimiento de su cuerpo y de sus libertades significan también la autonomía de su cuerpo, no como simple instrumento sino como totalidad que junto con el pensamiento constituyen todo lo que significa ser mujer.

Esta decisión está dada por las circunstancias culturales en las cuales se haya vivido, pesa demasiado esta decisión ya que la represión social y el juzgamiento por parte de los otros constituyen a esta en una de las libertades más truncadas, entonces aparecen todos los aspectos anteriormente mencionados como los fundamentos necesarios para la toma de dicha decisión, en la cual la mujer es capaz de elegir esta imposición natural como probable o no probable en su cuerpo y es esta característica fundamental en la formación de su identidad ya que solo de esta manera lo que está impuesto biológicamente toma el rumbo de probabilidad no de hecho preestablecido.

Hablar entonces de la Tercera mujer significa el reconocimiento de sí misma a partir de lo otro, desde su propia naturaleza y desde su entorno tanto inmediato como lejano, es hablar de la unidad del ser como tal, no la fragmentación ni la diferenciación de uno u otro sino de la complementación de los dos, es empezar abolir las distinciones de comportamientos tan bien marcados en muchas sociedades entre femenino y masculino y empezar a convertir ese comportamiento como necesariamente humano, sin ninguna clase de distinción; en ese reconocimiento por parte de otros también se da la mujer postmoderna su lugar y su identidad, siendo esta identidad algo indeterminado y en proceso de estructuración ya que no se ha dado de manera completa sino que se está en ese proceso de construirse a sí misma.

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